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Me encontraba armado de un tridente y un escudo; el escudo no muy peculiar más bien blandengue. Protegía poco. Comencé a acercarme sigilosamente al enemigo, le clave la mirada. Sí, esa mirada profunda y llena de odio, frustración y rabia. Estaba decido a ganar esta batalla, no me iba a rendir fácilmente. Me abalance sobre el enemigo con toda determinación y valor posible, le clave el tridente con toda la fuerza que los dioses me otorgaron, conseguí derribarlo y dejarlo boca abajo. No fue fácil vencerle, ya que la criatura me atacó expulsando de sus entrañas un acido. Un acido que me quemo los antebrazos, y a pesar del dolor logré salir victorioso de esta batalla. La batalla entre darle la vuelta a una carne que estaba fritando en el sartén.

La guerra entre mi yo, la carne ...

by manuelsensato

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