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Había llegado al final del Camino de Santiago sin el calcetín izquierdo. Hacía 37 días que Candela se levantó por la mañana y me dijo que ya no quería que le pusiera azúcar en el café y, de hecho, que ya no le ponía más. Con encanto y súplicas logré que lo reconsiderara, pero sólo si conseguía traer la vela que pusimos un año atrás en la Catedral de Santiago.
Busqué entre todas las lamparillas de la iglesia la señal que le hicimos a la nuestra y, del cirio que había montado, se me acercó un monje ultrajado. Forcejeamos lo justo para dejar claro dos cosas: que los hábitos son muy inflamables si los acercas lo suficiente a un mostrador lleno de velas y que ya era la hora de que me largara echando leches. Mis intenciones de fuga se tambalearon rápidamente cuando pisé una piedrecilla con el pie izquierdo -el huérfano de calcetín- y me llevé a una monja por delante y una hostia por detrás.
Desperté sentado en el confesionario rodeado por un policía paleto y la monja anciana que había placado. El pie me dolía horrores. Me disculpé repetidamente y le conté todo lo que me había llevado a ese momento, maldiciendo a su responsable: el calcetín desaparecido. De hecho, desde hacía un año que no paraba de perder calcetines. Soy muy supersticioso y me gusta estrenar calcetines cada vez que la ocasión lo merece. Pero mi lavadora se empeña en desparejarlos.
La anciana me cogió el pie dolorido y lo puso entre sus manos. -¿No sabes por qué desaparecen los calcetines? -preguntó sorprendida ante mi mirada de cubo de Rubbik. -La vida es un camino con dos lados, pero nunca sabes cual es el bueno hasta que te metes dentro. Tienes tu pie derecho y tu pie izquierdo. Dos caminos, dos calcetines. Perder cosas es el riesgo del viaje.
Me soltó el pie y ya no dolía. Sonrió sin decir más y se fue como si de una bruja se tratara. El poli se acercó y me devolvió el macuto y las bambas. Mis sueños y esperanzas seguían intactos en la mochila así que me quité el calcetín, lo guardé y me puse a andar. Aún me quedaban 5 atardeceres hasta llegar a Fisterra, donde quemaría las bambas y, seguro, los calcetines impares que había cargado durante el viaje.

Si tú me dices ven, yo voy jodido

by joanalvarez129

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