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De un chico acurrucado en un rincón, que lloraba.

Paul se acuclilló delante de él, mientras Grietas continuaba enseñando los dientes. Se daba cuenta del aspecto del chico que lloraba, flaco y sucio, con heridas en los brazos y un corte en la cara que las lágrimas iban bañando. Era tristeza. No una tristeza normal, de una persona que tenía un mal día. Era una tristeza total y absoluta, que quemaba por dentro, profunda y horrible. Lo veía en sus ojos, que miraron a Paul con una desolación que no era normal.

Notó que el labio bajaba y que esa mirada que no iba para ella se le clavaba dentro de todas formas. Por qué esa pena. Había visto tristeza en algunos niños, en algunos de los chicos que iban al gimnasio. Había visto ojos vacíos, ojos que esperaban a la siguiente dosis de la droga que fuera. Había visto miradas de gente que quería morirse. Había visto la mirada de Julie, antes de morir. Había visto la mirada de Gabriel antes de matarse. Y nunca había visto una mirada tan azul y tan triste como la de ese chico.

Paul le pasó la manga de la chaqueta por el corte de la mejilla, para limpiar lágrimas y sangre a partes iguales.

—¿Cómo te llamas?

—Soy Sam.

—Pues levántate de ahí. Sam. —Las palabras le salieron a Grietas casi antes de que pudiera pensarlas. No era algo que pasara demasiado a menudo, pero ahí estaba. Sus padres adoptivos la habían recogido sin más. Marcus se había hecho cargo sin más. Esas cosas pasaban—. Vamos a cenar.

Paul alargó una mano hacia el otro chico, para ayudarlo a ponerse en pie. Cuando lo consiguió, también le dio la chaqueta con la que lo había limpiado un poco. El corte de la mejilla aún sangraba y Grietas no tenía claro de qué podía ser. Pero daba igual, porque había dejado de llorar. Parecía más sorprendido que triste, aunque sus ojos seguían siendo igual de profundos. Dos abismos azules que le apretaban el corazón.

—Venga, Sammy —le instó Paul, pasando un brazo por sus hombros como si lo conociera de siempre. El chico parecía muy pequeño al lado de Paul, pero eso asustaría a quien osara decir algo al respecto. Bajo su brazo, bajo su protección—. Vamos a tomar algo, que me muero de sed.

*

—Soy Sam —musitó el chico, después de que todos lo miraran en silencio y se removiera incómodo—. Siento todo esto.

—Por qué ibas a sentirlo —rezongó Marcus. Se sentó en la mesita delante de él y empapó una gasa en agua oxigenada—. Deja que te eches un cable.

—Va, Sammy, que somos muy grandes, pero buena gente.

El chico miró a Paul un segundo y luego centró su mirada en todos ellos, en general. Finalmente, aceptó la gasa que Marcus le tendía y se la llevó a la mejilla con cuidado. Ya no lloraba, pero se le notaban los regueros de las lágrimas, por la suciedad que habían ido limpiando al caer.

—No hacía falta todo esto —dijo de todas formas el chico, para que quedara claro—. Solo estaba...

Se le quebró la voz y el brazo de Paul volvió a pasar por encima de sus hombros. No pasaba nada, no pasaba nada. Nadie iba a juzgar. Nadie iba a pedir explicaciones si no hacían falta. Marcus se limitó a pasarle otra gasa, simplemente para que siguiera limpiándose las heridas de las manos.

—No puedo volver a mi casa —explicó después de mucho tiempo, cuando Xabel trajo un par de bandejas con comida. Las miró con esa tristeza, con esa hambre que comía por dentro de las costillas. Porque no era un hambre de comida. Era un hambre de ese que dolía, que te carcomía por dentro y hacía que respirar fuera un trabajo tan grande que quemaba los pulmones. Grietas lo conocía; había llegado con él a la ciudad hacía unos años. Ya no sabía cuántos. Quizá solo tres—. Yo... no puedo volver allí. Más.

Marcus colocó el dedo índice en su frente, para que sacara la vista de la bandeja y la centrara en él aunque solo fueran unos segundos.

—Entonces, quédate aquí.

(...)

—Somos los que estamos, pero no estamos todos los que somos —recitó, parándose al poco de salir del bar. No había ningún coche a esas horas por esa zona—. ¿No era así?

—No tengo ni idea de qué cojones dices —contestó Paul.

—Que no lo habremos hecho todo, pero hemos hecho todo lo que hicimos y que está bien. A mí me gusta esto. Lo que tenemos. Y os quiero mucho. —Echó a andar en ese punto, para que se notara la autoridad lo mejor posible—. Es verdad, no seáis rancios.

—Si te creemos —contestó Jensen, girándose hacia él y sin dejar de andar—. Nos lo dices a menudo. Pareces mi hermana.

—¡Oye!

—No pasa nada por decirlo si es cierto. Voy a colgar un cartel. Voy a poner un mensaje en el periódico. Voy a dar una charla en la universidad, en la facultad de Física —especificó— sobre la importancia de querer a los demás, de querer a tu familia, y de decirlo. Voy a…

A tropezar y a caer no era parte del plan.

—¿Estás bien? —preguntó Paul, agachándose a su lado.

—Me he torcido el tobillo.

—Eso es por insistir en lo mucho que nos quieres, cómo si no lo supiéramos. Voy a poner yo un cartel, que diga que no estoy dispuesto a escuchar más veces sobre tu amor o me tendré que hacer un tatuaje.

No sabía qué sentido tenía eso, pero no pudo evitar reírse de la seriedad que había en las palabras de Paul. Le caían las lágrimas del dolor y se reía a la vez; Grietas tenía que perdonarlo.

—Te llevamos a casa —decidió Jensen, ofreciéndole las manos para que se pusiera en pie. Tuvo que ayudarse de Paul para aquella empresa y después se dejó transportar entre ambos—. Y yo creo que ha sido porque querías hacer que nos acordáramos mejor de lo que dices, que Beth no lo hace todo tan dramático.

—¡Oye! —volvió a quejarse Beth, aunque en esa ocasión sin reírse—: ¿Estás bien, Sammy?

—No es para tanto.

—Uno de los chicos del gimnasio conoce a un tío que sabe colocar los esguinces —comentó Grietas—. Puedo llamarlo y acompañarte mañana a que te eche un ojo.

—También puedo ir al médico —apuntó. Que desde que trabaja tenía un seguro precioso que le permitía no ir a la casa de desconocidos a lamerse las heridas. Aunque lo cierto era que eso siempre le había funcionado mejor que la parte de los médicos, solo que ahora tenía que darles buen ejemplo—. Por el momento vamos a llegar a casa.

—Hacemos lo que podemos —protestó Paul—. Has crecido demasiado. Sabíamos que no tenías que haber comido tanto, que no era sano. . Y cuando te conocí eras así de enano. —Hizo un gesto con una mano—. Te podría haber llevado yo solo.

—Exagerado.

—Grietas, dile que tengo razón.

—No —contestó ella. Sonrió—. No te piques por ser el pequeño, Paul.

Sobre Samuel Gabriel Johnson

by Tri

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