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Aprovechó para visualizar a aquel recién llegado. Que, en realidad, eran dos. Sus ojos se posaron primero sobre el que parecía más mayor o, al menos era más grande. Con el pelo castaño que crecía largo sobre la nuca y los ojos algo pequeños, entornados en un gesto que no era amenazante pero que no se dejaba intimidar. Era fornido y alto, con el pecho amplio y los hombros erguidos. A su lado, el otro chico parecía bastante más delgado de lo que debería serlo, con los hombros caídos como si se hubiera resignado a lo que estaba ocurriendo.

Grietas sacó conclusiones rápidas: el pequeño no quería estar allí, pero el grande así lo había decidido. A juzgar por las ojeras y el aspecto, podía catalogarlo dentro del grupo de drogadictos y, por el acompañante, de los que tenían alguien que se preocupaba por ellos. Supuso, a mayores, que serían hermanos. No tendrían el mismo tamaño, pero la pose en la que estaban, si quitaba la actitud de derrota del pequeño, era parecida. El color de la piel, a medias entre algo pálido y ese deje de bronceado que parecía coger todo el mundo que andaba al aire libre en verano estaba ahí; y los labios se curvaron de la misma manera cuando vieron a Marcus. En un saludo, en una señal de reconocimiento, en una petición.

El mayor dio un paso al frente, vigilado aún por el resto de los chicos que habían ido llegando. Estaba Anthony, con su pelo rubio platino en el fondo; a su lado, se encontraba Timothy, que se mordía el labio inferior con un nerviosismo que aún no había abandonado del todo por culpa del mono; y también estaban Karen, quitándose las botas pesadas que llevaba siempre; Willas, con su trenza infinita y Mono, que no parecía decidirse del todo por si le gustaban o no los desconocidos.

—Soy Paul Reed. Y él es Scott —dijo el grande—. Me han hablado de este sitio y supongo que eres Marcus.

Marcus asintió e hizo un gesto con la cabeza hacia el despacho que había quedado vacío. No hacía falta decir más, solo terminar de acordar cómo funcionaban las cosas: nunca colocado, nunca con navajas, a un horario fijo, sin irse antes ni llegar tarde, con respeto, con ropa cómoda, sin faltas de respeto. Nada más. Y nada menos.

(...)

—Mi hermano: gran fontanero, mejor persona.

Consiguió con eso que Scott le tirara la toalla en la que se secaba las manos a la cabeza. Acertó, aún encima, como si no fuera suficiente con haber metido los zapatos —por suerte, los que tenían la suela entera— en todo el charco que era el vestuario. Ahora sí que iba a dar una imagen estupenda en el taller, porque se tendría que poner el mono de trabajo que había para él y atender con él a los clientes en el despacho.

—Solo es una toalla, no pongas esa cara —se quejó Scott, yendo hacia él para recoger la caja de herramientas.

—No es eso. Es que me acabo de dar cuenta de que me he convertido en un pijo.

—¿Y te das cuenta ahora?

Se suponía que tenía que apoyarlo y consolarlo, ¿qué acababa de ser eso? Cogió a Scott por el cuello, para hundirle la cabeza luego con un puño. Había que tener un respeto a los mayores. Además, que él había sido el que lo llevó hasta allí y le salvó de acabar hundido en la mierda por completo, se suponía que tenía que contar.

Solo hizo que Scott se riera y, al poco, se rebelara en dos pasos fáciles para salir de debajo de su brazo. Ni tan siquiera había tenido que esforzarse. Paul le dirigió una mueca, porque aún encima usaba todas esas llaves en su contra y era lo más injusto que había en el mundo.

—Cada uno acaba donde es en su corazón —recitó su hermano, para terminar de picarlo.

—Claro que sí. A Roger le habría encantado vernos así.

Scott apretó los labios, pero al poco tiempo transformó el gesto en una sonrisa.

—Hacía tiempo que no lo metías a calzador en una conversación.

—Es que solo estoy intentando picarte con algo y era mi última bala.

—No ha funcionado.

Antes de que pudiera gruñirle mucho, entraron dos chavales. Uno de ellos llevaba al otro medio arrastrándolo, cogido por la chaqueta. Contra todo pronóstico, el líder de la expedición lo miró a él.

—¿Tú eres Marcus?

—Soy Paul Reed. Y él es Scott —contestó, señalando a su hermano. Iba a ser más útil que él en aquel evento—. Supongo que te han hablado de este sitio. Bien. —Se volvió hacia Grietas—: ella es nuestro Marcus.

El tío miró a Grietas como si acabara de romperle todos sus esquemas, pero ella asintió, sin ningún problema con la confusión, y se encaminó al despacho, manteniendo la puerta abierta en una invitación a que entraran.

—Creo que vas a tener compañeros, Scott —comentó. Lo mejor era vaciar el gimnasio, por si acaso el despacho no daba toda la intimidad necesaria.

—Creo que voy a tener solo uno.

Se despidió de Scott, que ya lo vería otro día para tomar algo, y subió al coche sin quejarse. En el fondo, aquella escena le había recordado a otro momento, hacía muchos años, y no podía evitar sonreír para sí. Estaba convencido de que su hermano se había dado cuenta también, de ahí que apostara a que solo tendría un compañero. El que dirigía a aquel dúo no iba a quedarse a entrenar —y eso también estaría bien; a veces alguien tenía que quedarse fuera para vigilar que lo de dentro funcionara—.

Sobre Paul Reed

by Tri

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