Era aquel intenso olor a bacalao que desde hacía un tiempo venía embriagando cualquier rincón por el que dejaba un rastro de su ropa interior.
Era un olor penetrante y untuoso que siempre venía a descansar sobre mi labio superior, acosando odiosamente a mi olfato con esa característica empalagosidad.
Ahora me parecía increíble no haberme dado cuenta antes de lo insoportable que resultaba olerlo. Era un olor a bacalao pasado mezclado con el ácido de los orines, y resultaba enormemente patente cuando volvía de algún recado no resuelto o "resuelto a medias".

Y más incómodo era cuando ella se acercaba a mí. Ya fuera a abrazarme en la ducha o a acurrucarse a mi espalda, yo empezaba a sentir ese intenso olor a pescado engrasado si antes ella había estado fuera de casa.

Una noche ya estaba yo acostado cuando ella volvió de "arreglar unas cosas" con su amiga Lianna (la que vivía dos pisos más arriba) y al meterse en la cama sin pasar por el baño, el olor inundó las mantas haciendo que me entrasen ganas de comprarme un nuevo colchón.
"¿Te apetece...?" le había preguntado. Y obviamente ella respondió que estaba demasiado cansada. Mejor sería dejarlo para algún momento en el que no tuviésemos que madrugar.
Yo sabía la respuesta, ciertamente, y la verdad es que tampoco habría sido capaz de hacer gran cosa con aquel olor presionándome el cerebro. Una pequeña y esperanzadora parte de mí esperaba equivocarse y tener que buscar cualquier pequeña excusa para rectificar la propuesta. Algo como "mierda, no quedan condones" o "creo que me ha dado un tirón en la espalda". Pero, por supuesto, no hizo falta nada de eso.

Lamentablemente yo conocía su intimidad demasiado bien como para no saber qué significaba exactamente ese olor. Y aunque la fabulosa Lianna me hubiese respondido con una de sus frases de "¿es que ahora controlas a dónde va? ¿Ya has rebuscado en su basura?" para restarme credibilidad y hacerme sentir estúpido si me acercaba a corroborar su estancia, dudaba enormemente que sus viajes a por el pescado no estuviesen relacionados con el vecino al que sonreía ensimismadamente desde la puerta el día que volví a casa y los encontré hablando en el rellano.

Lo peor de todo aquello era que ahora ni siquiera podía tocarla. Los escasos días en los que todavía le apetecía hacer el amor en casa, el aroma que subía en cuanto se excitaba un poco era exactamente el mismo, y llegaba a resultarme tan enormemente vomitivo que no me explicaba cómo en algún momento había conseguido una erección captando aquel mismo olor.

Era aquel intenso olor…

by RyL

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