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Cómo alimentar a una estatua de Condillac.

Déjesele unos siglos a la intemperie,
que escuche los pasos, las risas,
los lloros.
Que le caigan encima la lluvia, el sol ardiente del
verano cuando el "demon du midi" hace de las suyas,
que le cubran el hollín industrial y las cagadas de pájaros, el polvo, las moscas.
Déjela "agarrar" luz y oscuridad. Que cambie de color (los exquisitos llaman a esto "la pátina"),
que soporte terremotos o, en caso de estar situada en la costa, alguna creciente del río o del mar. El salitre es
principio de sabiduría.
Poco tiempo después (en el tiempo de las estatuas, que es el mismo que el de los templos y nada tiene que ver con el de los humanos), se agrietará un poco (a las estatuas les agrada decir que "se ajan" como una hoja de papel, y así atestiguamos cuan delicadas son) y se cubrirá de líquen. Mientras mide usted el "mal de la piedra" puede mirar el documental "Las estatuas también mueren" de Chris Marker y Alain Resnais para sentir en carne propia la herida en la piedra hipersensible.
Recuerde: las estatuas son estoicas por eso mismo, adquieren carne de tiempo, en su inmóvil hipersensibilidad, escuchando canciones que sólo cantan las estrellas fugaces o los fuegos fatuos.
Con el paso del tiempo, los soles, la caída de las montañas, la subida de las mareas y el reacomodo de los continentes, la estatua -SU estatua- habrá adquirido mayoría de edad y podrá alimentarse sola. Ser destetada y echar a andar por el mundo en su silencio pesado, imperturbable, horrorizado...

Pedro Paunero.

Cómo alimentar a una…

by Paunero

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