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Es sábado.
Sábado por la mañana.
Abre los ojos y encuentra la habitación a oscuras. No sabe por qué, siempre se ha imaginado así la habitación de Charles. Con las persianas echadas y hecha una mierda.
Le duele la cabeza.
Es un dolor de obra, golpecitos, martillazos más bien. Es un dolor de no poder dormir un fin de semana después de haberse acostado tarde y borracho.
Pero también es un dolor expansivo. Del que te llena de mocos el cerebro y calienta mucho la cabeza robándole la sangre al resto del cuerpo. Está tapado hasta la barbilla, pero apenas con una sábana. Para colmo al sentir el roce de la tela en la barriga, se da cuenta de que está en ropa interior.
Maravilloso. Está a punto de echarle la culpa a Charles por haber tenido la magnífica idea de desnudarse con la que estaba cayendo, pero cuando se levanta para mirar sobre la cama, lo encuentra todavía enterrado en la ropa húmeda del día anterior. Se ha puesto una sudadera por encima, pero ve el cuello del polito blanco pegársele a la piel, y los pantalones vaqueros en los que se secan las manchas de barro.
Está tiritando y tiene los ojos hundidos y oscuros. Más ojerosos que de costumbre. El muy imbécil tiene que estar ardiendo de fiebre.
Gus extiende la mano para golpearle el hombro con delicadeza. Al ver que no sirve de nada, lo sujeta y le sacude. Escucha un gemido agudo de molestia, y los ojos de Charles se aprietan un momento antes de abrirse por completo.
—¿Por qué me despiertas gilipollas? ¿Qué hora es?—Aunque tiene ganas de decirle que no hacía falta insultarle, Gus asume que simplemente este es Charles por la mañana. Malhumorado y malhablado. Como siempre pero elevado a la máxima potencia.
—Ni idea.
—¿Y para qué coño me despiertas entonces?—Está cabreado. Tanto que pone los ojos y la boca pequeñas y ni se da cuenta cuando sorbe los mocos y se abraza a sí mismo para darse calor, porque está muy ocupado conteniéndose en la boca las palabrotas.
—Deberías quitarte la ropa.
Una sonrisa le rompe los labios fruncidos. Gus se caga en todos sus muertos en voz baja.
—Joder, García, nos hemos levantado con ánimos—se ríe, levantando las cejas.
—No es eso,…—se muerde un insulto—. Haz el favor de ponerte un pijama. Te estás resfriando.
Vuelve a sorberse los mocos, como si acabara de darse cuenta de que los tiene. Hace una mueca de asco al darse cuenta de que la nariz le gotea sobre el labio y corre a limpiarse con la manga.
—Puto asco—maldice, incorporándose para sentarse en la cama—, tengo el culo helado.
Gus se peina los rizos hacia atrás. Se nota la frente caliente. Genial.
—¿Tú también?—Es casi un reproche, y Gus no tiene fuerzas para lidiar con esto—. ¿A quién se le ocurre acostarse desnudo? En serio, García—le repasa de pies a cabeza y vuelve a esbozar esa sonrisa torcida que sería mucho más efectiva si no tuviera la voz cogida por los mocos y tuviera que estar sorbiéndose la nariz a cada momento—. No tienes vergüenza.
—Vete a la mierda—dice Gus por fin. Se nota los ojos hinchados y pesados. Y Charles le sonríe enseñando los dientes y arrugando la nariz y Gus recuerda haber visto esa mueca en una foto en la consola del pasillo la noche anterior.
Tiene ganas de besarle.
Otra vez.
El corazón se le acelera antes de que se dé cuenta. Y la confusión que siente al recordar la noche anterior se mezcla con la niebla que le empaña la cabeza por el resfriado.
No saca nada en claro. Pero mira los labios de Charles, secos y pálidos, y se pregunta si terminarían a puñetazos si intentara volver a besarle.
—Se te caen los mocos—le dice él de repente, riéndose otra vez. Y aunque sea un capullo y también moquee, Gus tiene ganas de apretarlo contra la cama y besarle.
Y ya está.
Nada de follar. No tiene claro si le gusta en ese sentido. Además seguro que pretende hacer cosas raras en la cama y Gus es demasiado virgen para hacer cosas raras tan pronto.
Pero quiere apretarse contra su cuerpo frío. Quiere entrar en calor con él.
Lo de los besos estaba bien, pero querer hacer cosas moñas con Charles definitivamente era cosa de la fiebre. Normalmente de él solo querría un polvo descorazonado para quitarle la tontería de encima. Meterle la polla en la boca a ver si así se calla un rato.
Claro que está en calzoncillos en su cuarto. Y la noche anterior se han comido la boca como si no hubiera mañana. Puede que la situación no fuera del todo normal.
—Sobre ayer…—se atreve a empezar. Pero no sabe qué más quiere decir.
No se atreve a mirar a los ojos a Charles hasta que siente su mano en la nuca.
—¿Te gustó?—le pregunta, relamiéndose los labios, las pupilas hincadas en los de Gus.
Gus asiente, cerrando los ojos y entreabriendo la boca para dejar que Charles le meta la lengua entre ellos. Sabe a mocos y a resfriado. Sabe a fiebre, sabe a casi ahogarse por tener la nariz taponada. Pero también sabe a real, y eso es más de lo que Gus ha tenido en mucho tiempo.
Sabe a beso, y sabe a un deseo que le nace del centro del vientre. Un deseo de más.
Charles le echa los brazos al cuello cuando Gus se pone de pie y sube una pierna a la cama para acostarse con él. Siente las manos heladas de Charles en la espalda. Delineando cada músculo.
Esta vez es él quien le mete la lengua en la boca, apretándolo contra la almohada mientras él le abraza con las piernas.
—Joder con la virgencita—bromea. Y Gus gruñe.
Se quedan besándose un rato. Gus le toca los muslos por encima de la ropa, sin atreverse a tocarle entre las piernas, y Charles ríe de vez en cuando y le besa con más fuerza, con dientes. Pero no desengancha los brazos de su cuello, aunque a veces le araña la espalda que alcanza, cuando Gus se aprieta contra él y le besa con toda la boca.
Y entonces Charles le clava los talones en el culo y murmura un joder y Gus le mete la mano entre las piernas. Le nota duro, apretado contra los vaqueros, y sabe que es obvio que él está duro también: va en calzoncillos.
Jadea en el cuello de Charles, y él aprovecha para morderle los tendones que le salen a Gus de debajo de la mandíbula.
Tienen fiebre. Están resfriados. Se han llenado la cara de mocos mutuamente. Y tienen un calentón del carajo.
Gus y Charles. Charles y Gus.
Bueno, chavalote, ha llegado el día. Vas a perder la virginidad con un… con… bueno, con Charles.
Gus ya se ha resignado a su destino, y piensa en resignarse por no admitir que tiembla de excitación, cuando va a quitarle la sudadera a Charles, y él le para la mano.
—¿Qué?
—Me gusta hacerlo con la ropa puesta—Le guiña un ojo, volviendo a morderle el labio.
Es Charles, está claro que esto no va a ser como en las películas.
Cuando Gus quiere darse cuenta, le ha quitado los bazos del cuello para meterle los pulgares por el elástico de los calzoncillos.
—No solo te gotea la nariz—comenta, tan obsceno que Gus quiere morderle.
Como sabe que está dentro de contexto, lo hace. Le muerde el cuello y a Charles se le escapa un gemido desprevenido y le baja los calzoncillos de un tirón, dejándole la erección al aire, presionándose contra su muslo.
Charles mete la mano entre sus cuerpos y a Gus le tiembla todo el cuerpo cuando siente sus dedos fríos enroscarse alrededor de su polla.
Se le escapan ahs y joderes y algún sonido que más tiene de sollozo que de gemido cuando Charles le presiona el glande con el pulgar, extendiendo el presemen. Luego aparta la mano y se lleva el dedo a la boca.
Gus lo mira espantado.
—¿Qué haces?
—Curiosidad—se encoge él de hombros, y se lame la palma de la mano antes de volver a llevarla a la polla de Gus, que está, si cabe, aún más tiesa que antes.
Extiende la saliva por todo el largo, y se muerde los labios mientras delinea la frontera del glande con el resto del pene.
Gus quiere pedirle que se la menee de una vez y se deje de tonterías pero no se ve capaz de aguantarlo. Es la primera vez que le tocan así y la desesperación le grita al oído junto a un millar de pensamientos racionales que le recuerdan que ES CHARLES.
Dios santo, es Charles.
Charles le está haciendo una paja.
Se va a correr encima de Charles. En su polito de pijo de mierda, con el puto lagarto bordado junto al pezón.
Quiere morderle el pezón hasta amoratarle la piel tan jodidamente pálida.
La gomina ha dado de sí entre la lluvia y la noche, y Gus solo se da cuenta ahora de cómo el pelo se le esparce por la almohada, en hondas castañas que le caen sobre la frente. Está grasiento y sudado y Gus no puede resistirse cuando le sujeta el pezón del lado del cocodrilo con el pulgar y el índice. Tirando y apretando hasta que Charles gime en voz alta.
Se lo chupa y se lo muerde por encima de la tela, que se transparenta y le deja ver cómo comienza rosa y se va enrojeciendo. Y Charles cada vez aprieta más, inconscientemente, y sus movimientos son más torpes conforme se excita. Gus quiere arrancarle la ropa y llenarle el cuerpo de marcas que reconocer en el instituto el lunes. Quiere hacer de esto un hábito y follárselo en los baños después de hacerse una paja por debajo del pupitre.
El sol destella por los huequecitos de la persiana e ilumina con suavidad los rasgos y los ojos de Charles cuando levanta la cabeza, arañándole a Gus el pecho con la mano con la que no le masturba.
—Quiero que me folles—jadea, y a Gus se le contraen todos los músculos de la espalda y adelanta las caderas en un impulso—, ven aquí—Le tira de las caderas, y Gus no entiende lo que quiere hasta que el mismo Charles baja el cuerpo y se acomoda los muslos de Gus a los lados del cuello—. Así. Vamos.
Se humedece los labios contra el pene de Gus, y, joder.
Joder.
Gus no está preparado.
No está nada preparado.
Y aun así se muere por follarle la boca, así que le abre los labios con los dedos y le mete el glande en la boca, sintiendo la lengua contra él.
—Es la primera vez que toco una polla que no es la mía—le sonríe Charles, y la punta le levanta el labio superior, antes de volver a cerrar los labios contra él. Usa mucha saliva, y mucha lengua, lo envuelve, gira en torno a él, haciendo más movimientos de los que Gus se había imaginado al fantasear (no con Charles. Nunca había fantaseado con Charles…).
Charles cierra los ojos y le abre los muslos a Gus para meterse la polla hasta la campanilla. Ahí para y se la saca otra vez. Y Gus ve cómo se le hunden las mejillas al chupar, siente su lengua, y siente el final de su boca en el glande.
Quiere decir todas las palabrotas del mundo y quiere metérsela hasta que vomite.
Puede que, al final, él esté más corrupto que Charles.
Los labios que le comen la polla son labios que ha besado. Son labios que ha visto mordisquear la punta del bolígrafo. Son labios que ha golpeado con los nudillos.
Y ahora están abiertos y cubiertos de saliva y tan dispuestos que Gus se corre en ellos con un gemido largo, sacándole la polla de la boca de un empujón. Aunque en el momento cierra los ojos, cuando los vuelve a abrir ve a Charles todavía con la boca abierta y semen chorreándole barbilla abajo, y no se cree autor de esa visión. No se cree que el pene contra la mejilla de Charles sea suyo. No se cree no estar en alguna película porno en primera persona.
Gus tiene la mente nublada. Le cuesta respirar aún, y se siente demasiado sensible por todo el cuerpo. Los mordiscos y arañazos de Charles escuecen de repente. Se pregunta cómo se sentirán los labios de Charles, rojos, hinchados, y chorreando de esperma caliente.
Se baja de encima de Charles y se sube los calzoncillos, llevándole la mano a la erección que batalla contra los vaqueros. Intenta besarle mientras le desabrocha los pantalones, pero no es capaz, así que termina diciendo palabrotas, apartándose, y abriéndolos de un tirón.
La erección de Charles salta frente a sus ojos tiesa y dura. Hinchada y húmeda de presemen.
Él no tiene la técnica de lengua de Charles, pero tiene labios. Así que los utiliza. Le besa la punta y los arrastra por todo el largo, luego usa la punta de la lengua asomándola entre ellos, y cuando la tiene completamente lubricada frente a él, se decide a metérsela en la boca.
Le sorprende la delicadeza con la que Charles le acaricia el pelo y se contiene en las caderas las embestidas que le asaltan de vez en cuando y hacen que retuerza el resto del cuerpo.
Gus mueve la cabeza de la punta hasta la base, y se siente obsceno y sucio y jodidamente bien.
La primera polla de su vida y tenía que ser del jodido Charles.
Seguro que dice demasiadas palabrotas cuando se corre.
Succiona cuando solo tiene la punta en la boca, y va descendiendo con delicadeza, más por sí mismo que por Charles. Para un momento, al notar cómo le abulta la mejilla.
Le hace gracia.
Le parece gracioso.
Tiene una polla en la boca y se le ve a través de la mejilla.
Charles contiene la respiración al verle.
Después de metérsela y sacársela de la boca un par de veces más comienza a impacientarse.
—¿Te falta mucho para correrte?
—No me lo digas como si fuera culpa mía—se defiende Charles, que no se ha limpiado bien la cara. Gus quiere correrse en ella otra vez.
Permanece con los labios apoyados en el glande, pensativo.
Contempla sus opciones antes de decidirse.
—¿Y si me la metes?—pregunta, al final. Porque cuanto más pasa los dedos nerviosos por las venas de su erección más ganas tiene de sentirla por completo.
Charles hace una mueca.
—No.
Es ofensivo.
—¿Cómo que no? ¿Por qué no?
—Porque no quiero. Prefiero que me la chupes. Aunque lo hagas de puta pena.
Gus arquea las cejas y abre los ojos tanto como puede. Eso es lo que obtiene por ser un estúpido y acostarse con otro estúpido.
—Pues te la va a seguir chupando tu puta madre.
—Pues seguro que lo hace mejor.
—¿A qué viene esto?
Está cansado y enfermo y desnudo y caliente y básicamente, no de humor para tonterías. Y Charles está repleto de tonterías.
Charles se encoge de hombros, llevándose la mano a la polla para hacerse una paja y terminar de una vez. Gus se aparta, asqueado de repente.
—Me gusta cuando callas porque estás como ausente—masculla, mirando a todas partes menos a Charles.
—Todos mejoramos cuando tenemos una polla en la boca—se encoge de hombros él—. Aunque unos más que otros. No te ofendas.
¡¡Que no se ofenda!!
¿Qué hace ahí, en primer lugar?
¿Por qué no podía volverse a dormir a su residencia?
¿Por qué no podía haberse apartado cuando Charles fue a comerle la boca?
Culpa a las putas hormonas al puto calentón al jodido alcohol y a la jodida virginidad.
Y al despecho, un poco. A la forma en la que Charles hunde las mejillas al fumar.
—Me voy a casa—declara, poniéndose de pie. Está enfadado.
Siempre que está con Charles terminan enfadados. Ni siquiera tiene ni idea de por qué querría enrollarse con él. Si lo que necesita es una polla ya podría comérsela a Fernando.
—No te olvides de vestirte—le dice él sin dejar de masturbarse—. Y que no te vean mis padres.
Gus pone los ojos en blanco y recoge su ropa del suelo.
Escucha a Charles correrse justo antes de salir de la habitación.
Está seguro de que lo hace a posta.

Es sábado.

by Nerva

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