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Vespa se acurruca poco
cuando no es por la mañana temprano
o muy tarde.
Es más bien de correr
por todas partes como si estuviera
en una misión secreta.
Al principio dudaba que fuera un espía
(claro que al principio, yo tampoco estaba
en mi mejor momento).
A Vespa le gusta
el jamón de York y
pedirlo cada vez que me ve por la cocina,
dándome con la pata en el hombro subido
al respaldo de una silla.
(Pero también le pide salchichas a mi madre)
También le gusta acompañarme al baño cuando me levanto
y subírseme encima cuando me siento en el váter,
por mucho que le riña y le diga
que ese no es sitio para cariñitos.
Su nombre completo es Vespasiano;
le llamo así cuando me enfado
(cuando entra en el salón o
me tira las cosas del escritorio
subiéndose encima y no bajándose
aun después de tirar las montañas de papeles
que solo yo considero ordenados).
Cuando lo abrazo me lleno de pelos,
y no le gustan los besos especialmente,
así que suele volverme la cara
e intentar apartarme, pero otras veces
es él quien viene a buscarme,
frotándose contra mis piernas,
o echándose a dormir al lado de mi cabeza.
Hoy me he sentado con él en el patio,
y lo he visto correr por todas partes.
Ni entendía lo que hacía pero a veces se me acercaba y
me ponía las patas en las rodillas.
Hoy le he vuelto a echar del salón,
y es carismático incluso en su forma
de salir corriendo cuando le riño por entrar.
Vespa es encantador.
Tiene los morros morenos y los ojos verdes y
una mancha blanca en el lomo.
Llora como si fuera un niño pequeño
cada vez que quiere que le acaricie,
y aunque no hay quien se crea su pena,
uno acaba dándole lo que quiere.
Vespa está ahí,
pegado a mi muslo en la cama cada vez que me encuentro
al borde del fin del mundo.

Vespa.

by Nerva

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