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¿Había algo más puto estúpido en el universo que una pajarita? Lo dudaba muy mucho. Martín llevaba, sin exagerar, unos cuarenta y cinco minutos peleando con la mierda esa. Estaba escondido en un lateral de la entrada a la casona, pero empezaba a sospechar que los vecinos acabarían llamando a la policía.

Coñojoderhostiaputa. Pero, ¡¿quién le mandaba a él meterse en esos líos?! Ni siquera recordaba adónde se suponía que iba. Podría haber dicho que no, perfectamente. Haberse quedado en su cuartucho pasando las horas diurnas hasta que tuviera que echarse a la calle y ganarse la vida. Ella ni siquiera se habría enfadado. Rara vez lo hacía, sabiendo marcar las líneas que no estaba dispuesta a cruzar sin tener que armar revuelo o levantar la voz. Su hada roja tenía esqueleto de irrompible aleación y no dejaba de sorprenderle.

A la desesperada, intentó por última vez anudar el trozo de tela a su cuello. Las esquirlas de sus uñas destrozadas se enganchaban en ella, dificultando el proceso. Maldecía en susurros tan altos que hasta que no escuchó una risita, no se dio cuenta de que no estaba solo en la entrada.

Alzó la vista, apartándose los rizos de la frente, y exhaló. Se había quedado sin palabras. Delicada y poderosa, como porcelana y encaje sobre metal, se alzaba ante él. Pequeña, pero ¿qué más daban sus centímetros cuando llenaba sus pupilas con esa sonrisa, que se desenrollaba lenta y caprichosa? Inspiró, necesitando aire, sin poder dejar de mirarla.

-Hola, ¿eh?-dejó escapar ella con una risa contenida. Su voz cascada de tanto fumar le raspaba agradablemente. Lara se acercó los dos pasos que les separaban y siguió mirándole, expectante. Finalmente, añadió-. Yo también te quiero.

Como un secreto, como una broma. Así de sencillo porque le leía con tanta facilidad y los ojos azules de Martín nunca callaban realmente.

-Estás... Joder, ¿vamos? -Trasteó con la pajarita alicaída, frunciendo el ceño. Se sentía estúpido, tanto como la cosa aquella.
-Déjalo. -Lara se la quitó de entre los dedos y la escondió dentro de su escote, llevando su mirada a perderse allí por un instante. Imitándole, continuó-. Tú también estás... así, mejor sin ella.

Le cogió de la mano, camino del metro, y Martín dejó de sentir que la piel le picaba dentro del traje de otro, la vida de otro.

Estaban, los dos, y era justo lo que quería y necesitaba.

Estás

by KuraiG

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