Sus banderas no eran suficientes para cubrir el deseo de sus cuerpos.
Revolcados, sin más ataduras que las de sus colores, acariciaban su piel, abrasada por el ardiente deseo tras el debate. Pedro introducía
los dedos entre su pelo, y la presión de su entrepierna le hacía tirar de él. Los gemidos ahogados de Pablo fueron acallados por los labios
del socialista, que apacigüaban la cal que ese espíritu libre tenía.
Desatado, se atrevió a deshacerse de aquella molesta corbata roja que se interponía entre su viril garganta y su joven boca. Ya no tensaba su cabello, sólo dirigía sus pasos, para que tuviera éxito en la conquista de su cuerpo. "Unámonos, Pedro", eran las únicas palabras que existían en la mente de ese joven líder de lista mientras besaba su cuello.
Aunque, como ya pasó con Tania, el mundo no vería con buenos ojos aquello. Pedro tenía grandes intenciones pero... su partido estaba tan teñido de azul que podía avistar gaviotas picando de sus rosas.
¿Por qué no podía ser el líder de Izquierda Unida?
La vida era injusta para ellos, y Pablo comenzó a llorar, mojando la piel de Sanchez.
- ¿Qué te ocurre? ¿He sido demasiado duro?
- Yo... no, claro que no...- respondió con rapidez, alejándose de él.
El socialista vio cómo volvía a colocar su ropa. ¿Qué había hecho mal?
- Quizá... es que sólo tengo tiempo para "amarme a mí mismo", ¿no, Pedro?
Así que era eso. Malditas palabras que escribió con rencores pasados.
- A ti y a tu amiguito.- contestó, abrochando su camisa y anudando su
corbata, dándose media vuelta muy indignado. Mierda. No quería atacarle con aquello: no habían pactado nada, pero sentía unos horribles celos de esos sucesos que había intuido tras los escenarios electorales.
- ¿De qué estás hablando?- comentó absorto haciendo de nuevo su coleta.
- Me refiero a Albert.
Una visión repentina apareció en su mente. Besos furtivos tras las bambalinas de aquellos platós de televisión después de las disputas. Lo que comenzó como un juego se convirtió en costumbre, algo de lo que no se había cercionado hasta ahora. No iba a negarlo. Era alguien agradable, que amaba la libertad tanto como él, no le importaba mostrarse tal y como vino al mundo, defendía los movimientos anti-desahucios... sí. Era muy agradable escuchar el lema del 15-M en su boca. Era aún más agradable arrancárselo de sus labios en los baños públicos antes de ir a cualquier emisora de radio. Sólo de pensar en lo públicos que eran los baños se excitaba. Meneó la cabeza para olvidar esas imágenes, y dirigir su mirada a Sanchez, que ya se abrochaba los zapatos, resignado.
- Olvídalo, es egoísta pensar que sólo eres para mí.
Iglesias gateó hasta abrazarlo por la espalda, tocando su pecho.
- No siento lo mismo... tenlo muy presente, rosa mía.- susurró en su oído.- Es como tomarme una naranja antes de hacer algo importante... tú eres parte de la sangre que corre por mis venas.
No podía enfadarse con él. No en serio. Sabiendo que guardaba aún los carnet socialistas de sus abuelos en la cartera no podía dejar de sentir que el destino tenía algo guardado para ellos. Dándose la vuelta, refugió en su pecho a Pablo, jugueteando sonriente con su
pelo. Tendría muy en cuenta sus palabras cada vez que estuviesen peleando por sus partidos.
Se miraron con seriedad, y limpió sus lágrimas dulcemente. Sonrió agradecido, y besó sus labios. ¿Quién podía resistirse? Era tan guapo.
- Dímelo.- rogó en voz baja.- Dime que podemos estar juntos.
Con suavidad, besando su frente, le abrazó, seguro.
- Podemos.

Nueva Era (o cómo unirse a la

by Eriath

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