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Mientras las hojas se suicidan, un hombre de sombrero negro huele el humo de su café, sin quitar de su vista la ventana de la segunda planta del edificio de enfrente, cuando ve que la luz se enciende, pone 10 euros en su sombrero y lo deja en la mesa antes de salir.

Sale a la calle y piensa que con el frío que hace lleva un jersey de menos. "Me habrían venido bien los 10 euros para comprarme uno", pensó. Mientras daba la vuelta a la manzana se cruzó con una chica haciendo footing con su perro que le embiste y hace que se eche un poco de café en su corbata.

Llega al portal del edificio que hace unos instantes observaba y, mientras buscaba disimuladamente unas llaves que nunca han existido, llega un vecino que muy amablemente le deja entrar a él primero. Pero no se mete en el ascensor con él, se lo agradece pero prefiere hacer un poco de ejercicio. Sube lentamente las escaleras, procurando no hacer ningún ruido, casi como si su pulso fuera tan intenso y ruidoso como un redoble de tambores. Llega al rellano del segundo piso y espera.

Acerca la oreja a la puerta y oye un ladrido triste. "Él sabe que he llegado mientras ella lleva una vida ignorándome", pensó. Entonces sí, se abre la puerta y un perro del tamaño de un potro se abalanza sobre él, lamiéndole hasta la mancha de café de la corbata. Al final comprar un perro en vez de tener un hijo había sido lo mejor. Quién sabe lo traumático que habría podido resultar para el pequeño. Se llevó a Perro escaleras abajo después de intercalar no más de un par de ladridos con ella y se lo llevó para hablar con él sin tan siquiera usar una palabra. No las necesitaban. Aquel paseo de hojas que les acompañaba con una banda sonora nostálgica era su ritual semanal.

El viento los llevó como un abrazo hasta el otro pueblo, volaron como trompos, con las cuatro patas anudándoseles en el viaje, él aprovechó un oportuno acercamiento para morderle la oreja.

Llegaron a la plaza en no más de veinte minutos, justo a tiempo para refugiarse de la lluvia. La verdad es que en otoño las lluvias eran muy abundantes pero el resto del año eran completamente nulas," incluso la venta de paraguas en verano comenzaba a preocuparnos a todos los del gremio, pues la abundancia otoñal no nos daba de comer todo el año", pensó.

Así fue como decidió pasarse a otros negocios durante el resto del año. Como paragüero, amaba la lluvia, alimenta la tierra las plantas y hace que la vida siga su curso. Además, daba sentido a su oficio. Así que investigó acerca de los métodos de almacenamiento de agua basándose en la ingeniería y el conocimiento de su gremio aplicados a gran escala hasta que dio con el modo de filtrar y recolectar el agua de todos los elementos que nos rodean mediante un sencillo material reactor.

Era un descubrimiento al que todo el mundo tenía derecho, por eso comenzó la guerra.

La forma de comercializarlo debería esconder su verdadera función, pues tras exiliarse con los papeles del proyecto siguió trabajando en su diseño desde la clandestinidad para conseguir que el agua fuera un bien universal y gratuito para que todo el mundo pudiera disfrutarlo. Así que dio con el formato más insospechado, que por su forma no podía conducir a pensar en él como el invento que había desatado la guerra. Empezó a distribuir los sombreros entre pequeños círculos de confianza que le ayudaron a exportarlo a lugares seguros alrededor del planeta, donde eran más necesarios por la escasez de agua.

Así fue como, aun con impedimentos, consiguió ver más de 1000 sombreros volando, 1000 eclipses que hicieron aullar a los lobos más grandes del mundo empresarial.

¿Qué tenemos en la cabeza?

by Elisabet

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  • alnez says thanks for the mindtrip 6 years ago

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